De camino
al colegio, (voy en coche), voy charlando con mis dos hermanos, Yago de 14 años y Martín, de 7 años, (a veces solo con un hermano), y con mis padres.
(A veces mi padre, Alberto, a veces
mi madre Ana, cuando están los dos,
mi madre se suele ir pronto al trabajo). En fin, dichas conversaciones son muy
extrañas, a veces I-N-D-E-S-C-I-F-R-A-B-L-E-S. Tanto estamos hablando de fútbol,
como la conversación pasa a ser de lo que nos gustó de la cena de ayer. Esto pasa
muy a menudo, (tanto como veces vinimos en coche), hasta que llegamos al
colegio. Lo malo es que nuestra “canción favorita” está empezando a sonar en
ese justo momento. Esto nos saca de quicio a nosotros tres porque nos tenemos
que ir, y al que está conduciendo porque no nos vamos. Lo malo es que no
tenemos ni 1, ni 2, ni 3, ni 4, ni 5. En realidad tenemos infinitas canciones
favoritas. Dado que las canciones siempre suenan en orden aleatorio, sería
imposible de otra manera. En fin, que tú te bajas, que yo no me bajo, y cuando
al final nos bajamos, hay una carrera para ver quién llega antes a abrir el
maletero. Cuando al final uno coge las cosas antes, y se va a ir, deja al otro
tirado y en estado como de shock. ¿Por
qué? Porque el que ha cogido después las maletas tiene que cerrarle el coche a
Martín porque él no llega. En ese mismo momento empieza otra discusión, hasta que papá, (o mamá), lo resuelven.
¿Y cuál es mi consejo?: siempre
vas a poder discutir, con quien sea,
por
algo sois personas. Pero procura no hacerlo. ¿Y cómo? Simplemente,
si te pide algo, dáselo, si te dice alguna cosa, asiéntelo, si te encomienda algo, hazlo.
Te prometo dos cosas:
1. Te
va a costar, y mucho. (propia experiencia).
2. Algún
día, tarde o temprano, te lo pagarán.
 |
| "como el nuestro..." |